Este artículo es en realidad un "subdocumento"
del texto "Algunos
pensamientos sueltos acerca de Arte y Técnica"-
que acaba de aparecer publicado en la revista ZEHAR.
Dicho texto tiene una estructura arborescente,
ramificándose en tres subdocumentos -éste es el
primero de ellos- que sólo pueden encontrarse en distintas
localizaciones de Internet -enlazadas desde el propio "documento
madre".
La lectura completa del artículo requiere
por tanto un cierto grado de "navegación" -al
que el lector es aquí insidiosamente invitado.
La estetización difusa de las sociedades
actuales
-y la muerte tecnológica del arte
José Luis Brea
Acaso sea difícil encontrar un rasgo de identificación
más claro de las transformaciones de nuestro tiempo que
el que ha sido descrito como una "estetización"
del mundo contemporáneo. Sea cual sea el pronunciamiento
que sobre el acontecimiento de este fenómeno lleguemos
a hacer, parece inevitable remitir su origen a la expansión
de las industrias audiovisuales massmediáticas y la iconización
exhaustiva del mundo contemporáneo, ligada a la progresión
de las industrias de la imagen, el diseño o la publicidad.
Haríamos mal, en todo caso, en tomar este fenómeno
-entendido como el de una más o menos inocua "estetización
difusa de los mundos de vida"- en términos puramente
superficiales, como si no conllevara consecuencias fundamentales
sobre las formas de nuestra experiencia -y aún sobre la
propia constitución efectiva de los mundos de vida, sobre
la misma constitución del darse epocal del ser, de lo real.
Al contrario, las consecuencias de ese proceso son transcendentales,
y muy particularmente para la esfera de la experiencia estética,
artística.
La referencia a la "estetización de las sociedades
actuales" designa en efecto "el tránsito de rasgos
de la experiencia estética a la experiencia extra-estética,
al mundo de vida, a aquella que es definida tout court
como la realidad, contrapuesta de esta manera al mundo
de la belleza y el arte" (Salizzoni).
La posición más extremada en cuanto a esta problemática
considera que ese proceso de "estetización" está
ya plenamente cumplido -dando por hecho entonces que "el
propio modelo de experiencia está caracterizado estéticamente",
e incluso que "la propia realidad en sus estructuras profundas
se convierte en múltiple juego estético", corroborando
de esa forma las tesis de una ontologización débil
de nuestro presente epocal.
No sería sólo entonces que nuestra forma de experimentar
lo real sería una forma debilitada -una forma estetizada,
ficcional, narrativizada- sino que lo real mismo se daría
para el hombre contemporáneo bajo la prefiguración
de unas estructuras ontológicas débiles, difusas.
Que el ser mismo, en efecto, se daría en términos
de plasticidad, dúctiles, sin imponérsenos en forma
alguna. Lo real mismo no sería sino el cristalizarse de
las interpretaciones, y cualquier concepción fuerte del
ser -como algo que desde la exterioridad se impone al sujeto-
quedaría bajo esa perspectiva en nuestro tiempo desautorizada.
Durante mucho tiempo quiso hacerse una lectura positiva y optimista
de esta situación -desde las posiciones tanto del pensamiento
débil, como desde las del primer postmodernismo, desde
por ejemplo la afirmación "transestética"
baudrillardiana. Sin embargo, muy pronto ha podido reconocerse
-incluso desde estas propias posiciones- que en ellas no se expresa
sino aquella "culminación de la metafísica"
que supondría, sin más, la pura realización
de su forma tecnológica. Este mundo "estetizado"
y débilmente definido, carente de consistencia alguna en
la que asentar algún principio firme de valoración
de las prácticas -tanto estéticas como éticas,
y aún especulativas- es el mundo postmoderno, el mundo
de la posthistoria, un mundo en el que el hombre habría
perdido ya cualquier posibilidad de establecer su propio proyecto
por encima de la determinación del complejo de la tecnociencia,
en el que la engañosa seducción del "todo vale"
habría arrojado al hombre a los brazos inclementes de la
única determinación cuyo potencial se mantendría
intacto: el de la propia racionalidad instrumental del tejido
económico-productivo. El "cristalizarse de las interpretaciones"
que modularía la forma contemporánea del darse lo
real para el hombre, en efecto, resultaría entonces de
la propia mediación que de su choque y entrecruce consentiría
-o promovería- el exhaustivo desarrollo contemporáneo
de una potentísima industria de la comunicación,
crecida al amparo y la sombra de los nuevos e impresionantes hallazgos
tecnológicos.
En ese contexto, las consecuencias para cualquier tentativa de
elaborar principios de valoración ética -incluso
política-, y consecuentemente programas de actuación
moral, son tremendamente graves. Todo el debate contemporáneo
entre, por ejemplo, el nuevo comunitarismo y el pensamiento neoliberal,
se hace en efecto eco de ellas. Los presupuestos de tal pensamiento
neoliberal no son otros que precisamente esa misma indecidibilidad
entre las múltiples interpretaciones posibles, la fatalidad
inexorable del pluralismo y la fragmentación de las formas
de la experiencia resultante de la estetización contemporánea
de los discursos. Como en efecto ha escrito Michael Walzer -y
cito a uno de los autores seguramente menos sospechosos de neoconservadurismo-
"si, dada la efectiva fragmentación de nuestras formas
de experiencia, difícilmente podremos llegar a consensuar
un modelo de lo que consideramos la "vida buena", ¿por
qué no aceptar, según la moda neoliberal estándar,
la prioridad de la justicia procedimental sobre cualquier concepción
sustantiva del bien?"
Es sabido, en todo caso, que los teóricos de la ética
-y, al hilo de su hallazgo, también los nuevos teóricos
de la política- han acertado a encontrar en la Teoría
de la Justicia de John Rawls un punto sólido sobre
el que edificar una teoría procedimental de la justicia
-que comporta a la vez interesantes aspectos sustantivos, fundamentos
válidos desde los que redefinir todo un horizonte renovado
de expectativas morales, éticas. Que esos horizontes son
allí definidos poco menos que en términos de mínimos,
en cualquier caso, es algo que no podemos olvidar -para no creer
que hacemos otra cosa que "de necesidad virtud". Como
el propio Walzer sugiere, en efecto, "si realmente somos
una comunidad de extranjeros [-si dicho de otra manera, nada nos
permite elevarnos por encima del puro entrechoque de intereses
e interpretaciones incomponibles, irresolubles por proceso alguno-]
entonces ¿cómo podríamos hacer otra cosa
que poner a la justicia en primer término?".
¿Cómo, en efecto? O cómo -y quizás
esta segunda podría ser todavía mejor pregunta,
y es ciertamente en ella donde se empeñan todas las nuevas
concepciones progresistas de lo político- podríamos
lograr que la promesa de una justicia realizada exclusivamente
en términos procedimentales -y no sustantivos-, en términos
de pura tecnología social, nos ofreciera todavía
alguna perspectiva sobre aquella otra promesa, la promesa de una
felicidad vinculada al sueño de la emancipación
universal de la especie humana. ¿Cómo?
Acaso en la sugerencia de Rorty de un espontáneo surgir
de la solidaridad en la experiencia de la contingencia, nutrida
por el desbaratamiento ironista de cualesquiera aspiraciones a
la verdad absoluta, latería alguna esperanza. Pero sería
ciertamente una esperanza pequeña, el "poco de esperanza"
que parecería convenir a estos tiempos de "poco de
realidad". Acaso esa "esperanza, mucha esperanza, infinita
esperanza -pero no para nosotros" de que hablaba Kafka.
Pero volvamos rápidamente al terreno del arte y de la
experiencia estética. Si muy graves deberemos considerar
las consecuencias de este proceso de "estetización"
difusa del mundo contemporáneo sobre la forma general de
la experiencia, y consecuentemente sobre la de la experiencia
cognitiva y todo el sistema de los procesos de legitimación
de las disciplinas, tanto especulativas como prácticas,
cuánto mayor no habrá de ser su impacto sobre la
propia esfera de la experiencia estética -y aún
sobre la propia de la práctica artística, creadora.
Para algunos autores -Bubner es seguramente el que ha planteado
de manera más clara y radical esta cuestión- ese
proceso de "estetización generalizada de la experiencia"
deja por completo desahuciada, sin rasgos distintivos propios,
y en última instancia sin función social efectiva
alguna, a la misma experiencia de lo estético, de la obra
de arte, toda vez que para él, "la obra de arte ha
alcanzado definitivamente su ocaso: en este ocaso la función
de exoneración característica de la obra
de arte pasa de la constelación de la obra producida a
la nebulosa pulverizada de las actitudes y de las condiciones
de lo cotidiano, ellas mismas primariamente estéticas y
exonerantes frente a la incontrolable complejidad del mundo de
la técnica".
Si en efecto la forma general de la experiencia se hubiera estetizado
por completo, qué sentido o qué función en
las sociedades contemporáneas podría quedarle a
lo artístico, a la propia experiencia estética -como
no fuera, quizás, la función legitimante de dicho
proceso, la de ofrecer un fondo último de garantía,
casi a título póstumo, de que el proceso de estetización
generalizada de la experiencia asegura -en su entregarnos a la
desorientación profunda de un "mundo sin verdad"-
una vida noble, una vida del espíritu.
Bajo esa perspectiva -una perspectiva para la que la estetización
global de los mundos de vida contemporáneos hace que lo
artístico pierda su lugar propio, separado- ocurre con
lo artístico aquello que en un tiempo se decía a
propósito del sexo o de lo político: que está
ya en todas partes -menos en el sexo o en lo político mismo.
Otro tanto podría decirse del arte y la experiencia artística:
que está ya en todas partes, menos en el propio arte. Si
la forma generalizada de la experiencia está caracterizada
estéticamente, en efecto, si el hombre contemporáneo
está condenado a experimentar su misma vida cotidiana en
términos puramente ficcionales y estéticos, entonces
el lugar y la función del arte y su experiencia se habría
desvanecido, disuelto en el total completo de las formas en que
el hombre experimenta su existir.
Dicho de otra forma: si, en efecto, consideramos plenamente cumplido
este proceso de estetización de las sociedades contemporáneas
y las formas de la experiencia, el propio lugar de la obra de
arte -y de la experiencia artística- quedaría entonces
en profundidad cuestionado, y podría proclamarse su "definitiva
inactualidad", en el acontecimiento irreparable de la tanto
tiempo anunciada "muerte del arte". Siendo así
que entonces nos habríamos de enfrentar a un horizonte
en el que la propia actividad creadora se vería confrontada
al más radical de los desafíos, el de su propia
desaparición: en última instancia la de su propio
sentido y función en las sociedades contemporáneas.
Como hombres de este final de milenio, vivimos en cierta forma
aquélla única justificación estética
de la existencia que proclamara Nietzsche. Nuestra relación
con los discursos, con las formas de vida, con los programas éticos,
con las teorías y los paradigmas críticos o científicos,
todas ellas aparecen prefiguradas por la forma de la experiencia
estética. El mismo sistema de los objetos se ha poblado,
hasta la saturación, de elementos estetizados, de formas
moduladas hasta la saciedad por el interés estético.
Otro tanto podríamos decir de las formas de la comunicación:
sea cual sea su objetivo último, preside en ellas una formalización
estetizada. Por debajo de cualesquiera objetivos últimos
motivadores de su actuar, el hombre se imagina a sí mismo
disfrutando de sus bienes y relaciones -del poder adquisitivo
que le ofrece su dinero, su posición social, su poder-
sólo si consigue realizarlo en forma "estética".
Sea cual sea su construcción de personaje, su autoproducción
de subjetividad, ésta sólo puede aparecérsele
satisfactoria al hombre contemporáneo si logra resolverla
de forma estética.
Esa definición generalizada de la experiencia y los mundos
de vida en términos estetizados deja en realidad sin función
a la propia experiencia del arte, y aún a la propia obra
producida, como tal. En el sistema de los objetos, el existir
separado de un cierto "sector" de los artísticos
empieza ya a carecer por completo de lógica, como también
empieza a faltarle fundamento distintivo al propio existir separado
de una forma de experiencia artística, ya que el hombre
contemporáneo procura vivir, y creer que vive, la totalidad
de su existencia bajo la prefiguración de una forma estetizada.
La consecuencia última del contemporáneo "florecimiento"
de lo estético posee entonces e inevitablemente un signo
contradictorio, paradojal. Para que la estetización difusa,
generalizada, de las formas de la experiencia y los mundos de
vida pueda culminarse, debe simultáneamente cumplirse la
disolución del existir separado de lo propiamente artístico.
En efecto, una estetización completa de la existencia sólo
podría cumplirse en el reconocimiento de la "definitiva
inactualidad" del arte, en el reconocimiento de su muerte
como ya cumplida. En la era del fin de la metafísica, en
la era de su culminación en la forma tecnológica,
en la era que Heidegger llamaba del fin de la imagen del mundo,
en efecto, el arte ha de volver a aparecérsenos como "cosa
del pasado".
La pregunta es, ahora, si este realizarse actual de una muerte
definitiva del arte, como disolución de su existir separado
-supone a la postre el triunfo, o al contrario, la caída,
del propio proyecto de la vanguardia. Pues no debemos olvidar
que el objetivo de autodisolución del arte en los mundos
de vida ha sido, en efecto, una constante de definición
programática del trabajo del arte en el horizonte de la
vanguardia.
Pensemos por ejemplo en el programa situacionista. ¿Reconocería
Guy Debord en esta disolución contemporánea del
existir separado del arte, en esta contemporánea "muerte
tecnológica" del arte -un cumplimiento válido
de sus objetivos programáticos? Dicho de otra manera: ¿supone
la contemporánea "muerte del arte" que se expresa
en los términos de una estetización generalizada
de los mundos de vida y las formas de la experiencia -un triunfo,
o más bien el definitivo fracaso del programa de las vanguardias?
La propia reflexión de Guy Debord, en su crítica
de las sociedades del espectáculo, aporta importantísimos
materiales para ayudarnos a responder esta pregunta. A su luz
es fácil reconocer que este proceso -presuntamente cumplido-
de estetización difusa de las sociedades contemporáneas
no supone en absoluto la disolución de su existir separado,
autónomo, sino antes bien al contrario la consagración
de ese existir separado en una forma exhaustivamente institucionalizada
-la forma propia de la contemporánea institución-Arte.
Forma institucionalizada que, ella sí, quedaría
disuelta en una lógica más amplia: la lógica
misma del espectáculo que, entregada a los requerimientos
de una industria del entretenimiento orientada al consumo de masas,
sólo supone la plena absorción en ella de ese existir
separado del arte.
Tanto para servir de aval a un proceso generalizado de estetización
difusa de las formas de la experiencia y los mundos de vida como
para asegurar el existir separado de la institución-Arte
en el seno mismo de la industria del entretenimiento y el espectáculo,
la función que se consiente al arte no representa sino
su radical fracaso. Pues en efecto, cualesquiera de los objetivos
emancipatorios asociados a aquel programa de "muerte del
arte" -de autodisolución de su existir separado- que
caracterizaba el activismo de la vanguardia quedan ahora radicalmente
incumplidos: tanto el objetivo de una auténtica intensificación
de las formas de la experiencia como el de una reapropiación
plena de ésta por parte del sujeto.
Tal y como sugiere Vattimo, en efecto, la "muerte del arte"
que se cumple en el efecto de estetización difusa de las
sociedades de la información supone algo así como
la mera consagración de su versión tecnológica,
descargando entonces a su figura de cualquier significación
utópica, emancipatoria. Para que ésta lograra cumplirse,
en efecto, habría de producirse asociada a un programa
global de extinción de la división del trabajo.
Sólo en tal contexto -un contexto que a la vanguardia
le fue dado imaginar, en tanto su proyecto acertó a vincularse
a uno más amplio de transformación general de los
mundos de vida, de las formas de organización de lo social
y de las mismas relaciones de producción- esa versión
utópica de la muerte del arte pudo ser concebida y desarrollada.
En el de las sociedades actuales, en cambio, su forma contemporánea
de disolución no supone otra cosa que una claudicación,
su resignación a darse en los términos establecidos
por unas crecientemente poderosas industrias del espectáculo
y el entretenimiento, bajo cuyos dictados se estructura contemporáneamente
la propia lógica de la institución-Arte. Una lógica
cuyo enorme potencial de absorción desactiva cualquier
gesto de resistencia, cualquier tensión crítica,
convirtiendo toda la retórica vanguardista de la autonegación
en justamente eso, una mera retórica, una falsa apariencia
requerida por el juego de los intereses creados, la falsa apariencia
del choque y la novedad que los propios intereses de renovación
periódica de los estándares dominantes en el mercado
institucionalizado del arte reclaman.
Haríamos bien entonces en desenmascarar el presunto cumplimiento
de ningún proceso real, profundo, de estetización
de las formas de experiencia, haríamos bien en denunciarlo
como un proceso de estetización banal, que no conlleva
resultado emancipatorio alguno, que no supone intensificación
o reapropiación real de las formas de la experiencia, que
no redunda en beneficio de ninguna auténtica "vida
del espíritu". Haríamos bien entonces, también,
seguramente, en extender y proclamar nuestras sospechas contra
la expansión y el crecimiento exhaustivo de las formas
de la institución-Arte en las sociedades contemporáneas,
tanto más cuanto que ellas crecen indisimuladamente asociadas
a los intereses de las industrias de la cultura de masas, el espectáculo
y el entretenimiento. Tanto más cuanto que la presunta
proliferación y multiplicación de instancias legitimadoras
y agentes interpretativos contribuye menos a una auténtica
proliferación de las interpretaciones diferenciales, al
disentimiento, que al establecimiento clausurado de una opinión
dominante, a la pura y mera producción de consenso, producción
de masa.
Debemos defender entonces que el fenómeno de estetización
señala no tanto un proceso acabado y cumplido, cuanto la
criticidad de un tránsito que comporta tanto enormes posibilidades
emancipatorias para la humanidad cuanto un no menos enorme riesgo.
Un fenómeno que ciertamente podría suponer -como
quiere Vattimo- un "proceso de enriquecimiento de la realidad"
que anunciaría una "época en la cual las relaciones
se den en una relación de libre y dialógica multiplicidad".
Pero también justamente lo contrario: el absoluto certificado
de defunción de cualquier posibilidad de pensar el valor
moral, ético, en términos sustantivos, la definitiva
consagración de una forma de pensar la cultura y sus realizaciones
tan sólo como pura coartada y aval de un programa que esconde
-en la carta marcada de su defensa del "pluralismo insuperable
de los intereses y las interpretaciones" y en su afirmación
de la fragmentación de las formas de la experiencia- su
mejor estrategia para amparar y asegurar los privilegios de dominación
de quienes los ostentan, para amparar y asegurar en última
instancia la mera supervivencia del status quo, la segura
continuidad estructural de lo establecido.
Podríamos entonces afirmar aún que en esta versión
tecnológica de la estetización difusa del mundo
contemporáneo se anuncia todavía un cierto horizonte
de redención: aquél para el que imaginar una época
"en la cual las relaciones se den en una relación
de libre y dialógica multiplicidad" -según
la referida fantasía emancipatoria que Vattimo plantea
en su definición de una "ética de la interpretación"-
podría suponer todavía un potencial de subversión
de los existentes órdenes efectivos de dominación
del hombre por el hombre. Pero también, y a la vez, lo
más contrario, el más extremo peligro. Podemos en
efecto reconocer en el fenómeno contemporáneo de
estetización de la experiencia el proceso mediante el que
esa existencia de órdenes efectivos de dominación
puede asegurar su absoluta irrebasabilidad: allí donde
éste invoca el carácter de insuperable del juego
de las interpretaciones, sólo para precisamente legitimar
el mantenimiento de las estructuras existentes de dominación.
Sea como sea -y una vez defendido que no nos encontramos ya frente
a un destino cumplido y sellado, como querría que creyéramos
el ya dominante pensamiento único- la cuestión
para el artista actual ha de plantearse en los siguientes términos:
cómo intervenir en el curso de los procesos de construcción
social del conocimiento artístico de tal manera que éste
no pueda ser instrumentado en beneficio y cobertura de los intereses
del nuevo capitalismo avanzado -cuya estrategia cultural no es,
como a veces ha querido decirse, la homologación cultural:
sino, justamente al contrario, la proclamación del pleno
cumplimiento del proceso de estetización de los discursos
y las formas de vida en su versión tecnológica,
y la afirmación taxativa de lo irrebasable del "pluralismo
interpretativo" como coartada para denegar cualesquiera otros
valores que los de su puro contraste en el plano del mercado,
del supuestamente "libre mercado".
Toda la lectura deformada que instrumenta la proclamación
cumplida de un supuesto proceso de estetización pensado
en términos inocuos -tremendamente banales e insatisfactorios
si se consideran en relación al orden de promesas tanto
tiempo mantenido desde el orden de la experiencia artística-
se apoya en un flagrante equívoco. Un equívoco que
tiene su piedra angular en la atribución a esa misma experiencia
de un carácter principalmente exonerante, situando
en ello su rasgo propio, diferencial, atribución cuya defensa
se debe, como es sabido, sobre todo al pensamiento de Arnold Gehlen.
Sólo si este rasgo es entendido -como lo hace Bubner,
más aún que el propio Gehlen- en términos
de mera "descarga" o "compensación",
como una ocasión de mero descanso frente a la fatiga producida
por un mundo definido exhaustivamente en los términos del
complejo tecnocientífico, puede considerarse en alguna
medida cumplido un proceso de estetización generalizada
de la experiencia en la absorción por ésta de rasgos
propios de la artística -de ese rasgo propio así
concebido en concreto.
Pensemos en cambio ese carácter exonerante no en
términos de "descanso" sino en los términos
de una auténtica resistencia, en términos deconstructivos.
Bajo ese punto de vista, lo verdaderamente propio de la obra de
arte contemporánea no es el ofrecerse como mero "oasis"
de relax frente a una vida sometida a la necesidad del cálculo,
a la presión de la racionalidad instrumental que domina
su organización "ordinaria". Pensar así
la obra de arte es pensarla como si ella perteneciera todavía
al "dimanche de la vie" -concepción que
sólo valdría para caracterizar una cierta experiencia
"dominguera" del arte, una concepción para la
que su absorción por parte de las industrias del ocio y
el entretenimiento habrá de aparecerse naturalmente fácil.
El propio pensamiento de Arnold Gehlen, en su caracterización
conceptualista del arte contemporáneo, aporta instrumentos
para entender este carácter exonerante no en tales términos,
sino en los de única auténtica resistencia, una
auténtica presión ejercida para cuestionar radicalmente
las presuposiciones en base a las que se estructura el orden logocéntrico
de la representación.
El arte contemporáneo no habría tenido nunca, en
efecto, la pretensión de ofrecer ornamento, distracción
o entretenimiento. Sino más bien al contrario la de denunciar
de modo radical las insuficiencias del mundo que vivimos. Menos
la de avalar un orden de la representación que la de precisamente
cuestionarlo, menos la de ofrecerle al hombre contemporáneo
un sillón cómodo en que olvidarse por un momento
de sus preocupaciones, que la de oponerle un espejo muy poco complaciente
que le obligue a enfrentar sus insuficiencias, a reconocer sus
más dolorosas contradicciones. El arte, en efecto, no es
tanto oasis de paz como enardecido canto de guerra.
Canto de guerra tanto más eficiente cuanto que, por darse
su requerimiento de la interpretación y el comentario desde
el propio seno de lo visual ostenta un poder propio y específico
precisamente frente al "total condicionamiento -de nuevo
Salizzoni- de la experiencia por parte de los media audiovisuales".
Si observamos bajo esta perspectiva el arte producido en los
años noventa veremos cómo en él, en efecto,
no tanto se presta aval a la definición de las nuevas sociedades
del capitalismo avanzado cuanto, al contrario, se insiste en señalar
sus insuficiencias, en hacer su crítica radical. Todo el
arte multicultural y de la corrección política es,
por ejemplo, reivindicación de una identidad diferencial
que reclama su reconocimiento frente a una concepción universalista
del sujeto -diseñada bajo la prefiguración de un
interés etnocéntrico, y aún posiblemente
falocéntrico. La referencia constante al cuerpo es testimonio
dolido, antes que nada, precisamente de su extravío, de
la dificultad de habitarlo que comporta un modelo insuficiente
de concebir la subjetividad en relación a él. Todo
el nuevo arte experiencial y narrativo es denuncia de la pobreza
de experiencia que caracteriza una vida organizada bajo la presión
despótica del nuevo orden comunicativo. E incluso toda
la contemporánea indagación en las posibilidades
de la utilización de nuevas tecnologías es búsqueda
de instrumentos que permitan desarrollar esas nuevas formas de
narración en las que el sujeto de experiencia pueda encontrarse
con aquello que Benjamin llamaba "el lado épico de
la verdad", la emergencia de lo extraordinario.
Enfrentemos ahora un último equívoco. Aquél
que ha consentido que el constituirse el arte como crítica
logocéntrica de la representación -como crítica
de las pretensiones de estabilidad de cualquier economía
de la significancia-, y por tanto como "máquina de
multiplicación de las interpretaciones", haya sido
puesto al servicio de una afirmación falsamente "pluralista"
según la cual, y en el marco de una presunta "estética
débil", "todo vale". Ese "todo vale",
que defiende un inocuo y débil pluralismo -fácilmente
convertido en coartada del nuevo liberalismo-, ignora como poco
que hay una cierta perspectiva que en arte, cuando menos, "vale
más". Aquella que es capaz de reconocer en él
una última máquina de guerra, la instancia máximamente
crítica frente a un mundo organizado desde las presuposiciones
de estabilidad de la economía de la representación.
Tanto más vale el arte cuanto más cuestiona esas
presuposiciones. Reconocer que en ello el arte opera como máquina
de proliferación de las interpretaciones es algo bien distinto
a defender que todas ellas valgan por igual. Cuando menos, puede
asignarse un mayor valor a aquella que sirve más a su proliferación
-a la multiplicación de las interpretaciones- frente a
aquella que se limita a ofrecer una tan solo: mayor valor a aquél
arte que todavía hoy se manifiesta como radical crítica
de la representación que a aquél que, en cambio,
se limita a hacer mero ejercicio de ésta. Más valor
a aquél arte que todavía se atreve a hablar el lenguaje
de la autorresistencia que a aquél que, complaciente con
las transformaciones en curso, se entrega -convertido entonces
en apenas ocasión de ornamento, ocio y entretenimiento-
a ociosamente disfrutar la deshonrosa paz del vencido. A aquél
que, situándose en la afirmación de su propio ocaso,
habla sin pudor el lenguaje de su autorresistencia, para, desde
él, decir la insuficiencia -la profunda crisis- del sistema
mismo que le acoge, para enunciar en ese su autoproclamado final
la necesidad política de trabajar por el rebasamiento radical
del mismo ciclo civilizatorio que le produce y desactiva.
Es cierto que reconocer la presencia de este impulso mantenido
de vocación crítica requiere del espectador el esfuerzo
añadido de atisbar por entre las escasas grietas que un
sistema exhaustivamente institucionalizado pueda dejar abiertas
-pues es en esas mismas grietas donde ese darse radical de otra
función del arte que una de mero "descanso" o
entretenimiento pueda darse.
Pero ello no ha de extrañarnos. Poco en efecto podríamos
esperar de aquello que puede conseguirse sin esfuerzo alguno -y
el arte auténtico, mal que pueda ello contradecir la versión
de la institución que lo domestica, no se ofrece así,
como mera distracción o como mero ornamento. Como hace
ahora ya más de tres siglos escribiera Spinoza: "en
efecto: si la salvación estuviera al alcance de la mano
y pudiera conseguirse sin gran trabajo, ¿cómo podría
suceder que casi todos la desdeñen? Todo lo excelso es
tan difícil como raro".
Menospreciar esa dificultad, cuando hablamos de arte contemporáneo,
resultaría un grave error.